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Para colocar un producto o servicio en el mercado y conseguir un buen posicionamiento del mismo es necesaria la creación de un logotipo que le brinde un toque de originalidad y que comunique de manera adecuada el mensaje de la empresa.

A diario estamos expuestos a cientos de logos. Bebidas, autos y medicamentos nos brindan el ejemplo perfecto de la gran variedad de formas, tipografías y colores que existen, pero ¿sabemos de dónde vienen?

Alrededor del siglo XIX surgieron los primeros logotipos, los cuales eran únicamente marcas o símbolos que señalaban al autor del producto. Posteriormente comenzaron a implementarse logos más complejos, pero fue hasta inicios del siglo XX que se creó el verdadero antecesor del logotipo como lo conocemos.

Gran parte de los logos que conocemos hoy en día han evolucionado y se han adaptado al contexto de la época, los valores que busca transmitir la marca y las exigencias del mercado. Como ejemplo tenemos a Renault, Canon e IBM.

Generalmente se busca crear logos sencillos, hechos con base en el principio fundamental del diseño “menos es más”, que comuniquen el mensaje deseado a través de colores y formas específicas.

Pero no se trata sólo de crear una imagen atractiva, sino de lograr que ésta concuerde con el mensaje y valores de la empresa. Para ello se requiere del uso apropiado de la semiótica; por ejemplo, un círculo amarillo puede interpretarse de diferentes formas y con diferentes significados.

Recuerda que el logotipo es la cara de tu empresa. Es lo primero que la gente ve y lo que recuerda de manera más sencilla. Por ello debes invertir en uno que sea capaz de guardarse automáticamente en la mente de las personas, creado sin uso de plantillas o moldes, y que se ajuste a tus necesidades y lo que quieres comunicar.

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